Un día la señora al no soportar más golpes y peleas, aprovechando que su esposo se iba a trabajar al campo tomó sus cosas se escapó de la casa para no volver más. Cuando Santiago llegó en la tarde, la esposa ya no estaba. Él muy triste se sentó en el poyo de la cocina y se puso a llorar diciendo: Yo soy el culpable de que mi mujer se haya ido. Diciendo esto se dirigió a la tienda de la comunidad para tomarse unas copas y olvidarse de todo.
Tomó una copa tras otra hasta que al final estaba completamente borracho, Santiago tenía que volver a la casa, ya era medianoche. El hombre de pronto escuchó unas voces que le llamaban y eran las de su esposa Agustina, haciendo caso a la esposa, Santiago salió a su encuentro diciéndole que había regresado y así fue conducido por ella aparentemente a la casa, pero no era su casa sino una cueva donde había llegado el borracho y le propinó una gran paliza al que el hombre no puso resistencia porque a pesar de que se defendía con golpes, no le hacía llegar ninguno a la señora.
Al día siguiente, cuando amaneció el hombre estaba en su cama muy maltratado. El alma de la señora Agustina le había golpeado. Desde aquella fecha Santiago ya no se emborracha más, los pobladores creen que los hombres que maltratan a sus esposas emborrachándose serán golpeados por el alma.
Relatados por Odalí Gaspar Quispe